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La importancia fundamental de lo que no sirve para nada



César Sánchez Martínez


El trastrocamiento del lenguaje, el empobrecimiento de la cultura y la general estulticia que azota a nuestra sociedad han acabado oscureciendo una de las verdades más importantes para el hombre: la superioridad en el orden de las esencias de lo que no sirve para nada en un sentido mecánico pero que está estrechamente relacionado con la contemplación de los Trascendentales: el Bien, la Verdad y la Belleza (siendo esta la relación de la razón de su naturaleza no-mecánica).

Ya lo decía el gran filósofo alemán Josef Pieper: "Hablar hoy sobre ocio es ponerse a la defensiva ante un adversario que de antemano es más fuerte". El auge de la practicidad y del utilitarismo ha acabado por destruir la antigua relación entre el hombre, las Artes y las Letras, convirtiéndolas en un saber secundario, por debajo de los pasajeros y engañosos relumbrones de las tecnologías. Y el nombre de ocio -sinónimo en la concepción clásica de contemplación- ha pasado a ser igualado por nuestros contemporáneos con el vicio de la pereza.

El ocio (otium) consiste en la dedicación a la vida del estudio, a la especulación teórica y al cultivo de las bellas artes; mientras que el Negocio (nec-otium) sería, por el contrario, la vida activa en medios de los tráficos y barullos del Gran Teatro del Mundo. Cuando los preceptos de Cristo todavía regían a las sociedades, o sea en el periodo históricos conocido vulgarmente como "Edad Media" (vid.: León XIII, Encíclica Inmortale Dei), la claridad con respecto a estas concepciones logró forjar uno de los más grandes legados del Ocio a la cultura humana: las Universidades.

En las Universidades se estudiaban -se profesaban como diría en aquellos tiempos- las Artes Liberales, es decir, el conjunto de disciplinas "ociosas" orientadas hacia la contemplación de los Trascendentales (v.g.: Filosofía, Letras Clásicas, Astronomía, Versificación, etc.); mientras que las disciplinas "útiles" -las Artes Mecánicas o Serviles (v.g.: Agricultura, Administración de Negocios, Alfarería, etc.)- permanecían en un lugar adecuado a su naturaleza, distinto pero no divorciado del otorgado a la vida intelectual pura.

Gran Paradoja que en nuestro tiempo decadente, las disciplinas que originaron la Universidad como institución se encuentren expulsadas de sus muros y en ostracismo, mientras que las Artes Serviles -el escalón más bajo en la jerarquía del saber humano- sean llevada bajo palio.

Esta desfiguración generalizada de la vida espiritual e intelectual del hombre sólo ha traído frutos oscuros a la cultura, siendo el más peligroso el constituido por la sobrevaloración de la Acción. 

De esa sobrevaloración surgirían los totalitarismo sangrientos del siglo XX.

Nunca es tarde, sin embargo, para izar la bandera del Ocio, verdadera primicia de la Visión Beatífica, procurando establecer espacio académicos adecuados para el cultivo de las Artes Liberales.