domingo, 20 de diciembre de 2015

La familia ante el progreso de las naciones



Por: José Bellido Nina


La doctrina social de la Iglesia reconoce a la familia «[…] como la primera sociedad natural, titular de derechos propios y originarios, y la sitúa en el centro de la vida social […]» (Pontificio Consejo Justicia y Paz, 2005). La familia, que es fruto de la unidad matrimonial y cuyas finalidades son la procreación y educación de los hijos, y la ayuda mutua (Pío XII, 1930), animada por el amor conyugal, tiene una misión impostergable e irremplazable: la continuidad de la especie humana. Por esta comunidad de personas es que la familia «[…] se convierte en la primera e insustituible escuela de socialidad, ejemplo y estímulo para las relaciones comunitarias más amplias en un clima de respeto, justicia, diálogo y amor». En esta unidad, los hijos (futuros ciudadanos) aprehenden los principios, costumbres, virtudes o valores que animan su identidad, pertenencia y responsabilidad con su espacio social y cultural, realizándose y desarrollando sus capacidades anímicas y corporales.

Así, concebimos a la familia como el núcleo doméstico y primigenio de formación en virtudes morales y teologales. Consideramos en ella una dimensión ética y espiritual básica para la identidad y el mundo simbólico civilizado mediante la palabra y la acción. Luego, en este escenario cultural, podemos entrever una dimensión material que sostiene al progreso, valiéndose de herramientas científicas y tecnológicas que concretarán los ideales comunitarios. Esta identidad edifica la patria, comunidad de tradiciones e ideales, y la voluntad común de una Nación que las recuerda para realizarlas o superarlas en el futuro (Belaúnde, 1965). La familia y Nación responden a la dimensión comunitaria del ser humano; es decir, al hombre como ser relacional y no aislado.

Por otro lado, creemos que el progreso responde «[…] al modelo cultural que privilegia el bienestar material de la sociedad por medio del dominio y la explotación racional de la naturaleza, esto es, la civilización moderna» (Estenós, 2008). La Modernidad inventó, confiada en la razón y la autonomía de la voluntad, un proceso de secularización (o descristianización), erigiendo una sociedad animada por las relaciones económicas que procuran un bien-estar inmediato o útil para el hombre. Si bien estas ideas buscaban cierta unidad basada en lo económico, pronto serían superadas (o abandonadas) en la posmodernidad o mediante «[…] fenómenos con un evidente trasfondo relativista y subjetivista, que prescinde del fundamento metafísico para la vida humana en general, y del cual a la desesperación y el sinsentido solo hay un paso […]» (Garzón, 2004). Precisamente, en la posmodernidad no existe fundamento, sino “bienes” y “verdades” cuantas personas existan. Siguiendo esta perspectiva, la dimensión ética y espiritual no existe más que como alegoría a un pasado mítico.

Ahora, advertimos dos hechos del progreso que atentan contra la unidad familiar y nacional. Primero, el progreso tecnológico para la proliferación de las imágenes y el entretenimiento. Aquí podemos encontrar las tecnologías que privilegian la imagen y menoscaban la palabra (escrita o hablada) que edifica el mundo simbólico de una Nación; es decir, «[…] la palabra es un “símbolo” que se resuelve en lo que significa, en lo que nos hace entender (…). Por el contrario, la imagen es pura y simple representación visual. La imagen se ve y es suficiente […]» (Sartori, 2012). Este mal provoca incultura en la familia, principalmente en el niño, porque solo verá, pero no entenderá. Se pierde el sentido de la vida (propia y comunitaria) que parte de las costumbres, tradiciones e ideales que forman la dimensión ética y espiritual de una Nación. Por tanto, si no hay sentido en las cosas, no vale la pena defenderlas, ni realizarlas. La patria y la Nación se convierten en conceptos vacíos, donde solo importa la satisfacción emocional (sensible) y la acumulación material para su logro. No nos extraña por qué la excesiva dependencia del televisor y los smartphones, que priva de un espacio relacional o comunicacional en la familia.  Además, olvidamos la cultura como cultivo de la mente en la virtud cívica para una responsabilidad también cívica o una educación basada en las letras, mediante el estudios de las ciencias y las artes liberales, que son bienes para alma y el cuerpo (Strauss, 2007).

Un segundo hecho, es el progreso tecnológico para el control biológico del ser humano. Con esto nos referimos a la visión que considera a la persona humana como “objeto” de laboratorio; es decir, niega los fines naturales intrínsecos a su naturaleza humana (dignidad) y sus derechos (p.e. la vida y el matrimonio); por el contrario, «[s]olo aparece, en cambio la misma vida como objeto de reflexión moral, en el momento en que se sabe con certeza que el ser humano dispone de los medios técnicos suficientes para actuar sobre ella sin atender a su finalidad intrínseca, como algo dado e inmodificable, sino pudiéndole imponer otros fines determinados arbitrariamente por la voluntad humana […]» (Morandé, 1999). Esto es evidente por sus consecuencias, como el atentando contra su vida (el aborto y el uso de anticonceptivos), su herencia genética (eugenesia), su identidad psico-somática (mutilaciones, mal llamadas “cambio de sexo”), o la eutanasia (privación del derecho y deber a la asistencia médica). Estas acciones niegan la continuidad de la vida y la identidad cultural, imprescindibles para una Nación, pues la continuidad de una cultura necesita de una renovación constante de sus miembros o una responsabilidad intergeneracional que actualice la cultura. Basta indagar como en Europa la tasa de natalidad se redujo y la de mortandad se elevó, motivando migraciones masivas de otras culturas (causas laborales o supervivencia) y poniendo la suya en riesgo ("Allahu Akbar"). Este hecho motiva un debate público sobre la bioética y la biojurídica que reconozca el fundamento antropológico del Derecho.

Con lo escrito queremos hacer énfasis en que la dimensión ética y espiritual, base de toda cultura o Nación, guía y juzga el progreso y sus instrumentos tecnológicos (dimensión material), sin perder de vista que la persona humana es sujeto de derechos y deberes en su comunidad. Es menester, entonces, que no exista una posición ajena sobre el progreso, sino un análisis y crítica constante de cara a la verdad y nuestro bien; es decir, el progreso material que parte desde una perspectiva individual actual hacia un estado de bienestar caracterizado por el placer, el tener o el poder absolutizado, sea objeto de una crítica constante que lo contraponga con una visión conjunta de desarrollo integral, que acoge el sentido de comunidad, sin abandonar la dimensión ética y espiritual necesarias para la familia y la Nación.

En este  horizonte, la encíclica Populorum Progressio (Pablo VI, 1967), advierte sobre las necesidades de las personas, las familias y las naciones, y realiza un llamamiento «[…] para una acción concreta en favor del desarrollo integral del hombre y del desarrollo solidario de la humanidad», que busque un nuevo humanismo para pasar de condiciones menos humanas a condiciones más humanas. «Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario […], la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. […] Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo […]». Además, Sollicitudo Rei Socialis (Juan Pablo II, 1987) expresa que «[…] el desarrollo debe realizarse en el marco de la solidaridad y de la libertad, sin sacrificar nunca la una a la otra bajo ningún pretexto. El carácter moral del desarrollo y la necesidad de promoverlo son exaltados cuando se respetan rigurosamente todas las exigencias derivadas del orden de la verdad y del bien propio de la creatura humana. […] En otras palabras, el verdadero desarrollo debe fundarse en el amor a Dios y al prójimo, y favorecer las relaciones entre los individuos y las sociedades», renunciando a ser esclavos de una civilización del consumo y exigiendo que el orden interno de una Nación respete la vida y la familia. Algo ya recalcado en Evangelium Vitae (Juan Pablo II, 1995), que defiende un igual derecho a la vida de los seres humanos. «Esta igualdad es la base de toda auténtica relación social que, para ser verdadera, debe fundamentarse sobre la verdad y la justicia, reconociendo y tutelando a cada hombre y a cada mujer como persona y no como una cosa de la que se puede disponer».

Apreciamos que los Pontífices destacan la verdad y el bien del hombre, desde su existencia, poniendo énfasis en lo moral y lo espiritual necesarios para toda familia y Nación que se conduzcan en las sendas del progreso hacia un desarrollo integral y pleno del propio hombre en la cultura.

Los católicos no debemos abandonar estas enseñanzas, sino profundizar en ellas; reconociendo y defendiendo una civilización cristiana.


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Belaúnde, V. (1965). Peruanidad. Lima: Studium.

Estenós, A. (2008). Identidad, cultura y desarrollo en América Latina. Arequipa: Universidad Católica San Pablo.

Garzón, I. (2004). La necesidad de una nueva fundamentación del derecho. Persona y Cultura.3, pp. 10-34.

Juan Pablo II (1987). Sollicitudo Rei Socialis. Recuperado el 05 de octubre de 2015 de http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_30121987_sollicitudo-rei-socialis.html

Juan Pablo II (1995). Evangelium Vitae. Recuperado el 06 de octubre de 2015 de http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html

Morandé, P. (1999). Vida y persona en la posmodernidad. En Scola, A. ¿Qué es la vida? La bioética al debate. Arequipa: Universidad Católica San Pablo.

Pablo VI (1967), Populorum Progressio. Recuperado el 05 de octubre de 2015 de http://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/encyclicals/documents/hf_p-vi_enc_26031967_populorum.html

Pío XII (1930). Casti Connubii. Recuperado el 16 de setiembre de 2015 de http://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_31121930_casti-connubii.html

Pontificio Consejo Justicia y Paz (2005). Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Arequipa: Paulinas.

Sartori, G. (2012). Homo videns. La sociedad teledirigida. México: Taurus.

Strauss, L. (2007). Liberalismo antiguo y moderno. Madrid: Katz.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Doctrina católica y administración pública



Por: José Bellido Nina


¿Qué testimonio y enseñanza imparte la doctrina social de la Iglesia católica a nuestras autoridades políticas? Que la persona humana es un ser religioso y político por naturaleza, a quien se exige una obediencia a las normas del orden temporal y orden espiritual. La legitimidad que encuentra un presidente regional o alcalde, será en la medida que respete un orden natural en el desarrollo social. San Pablo enseñaba en sus oraciones por los gobernantes que la autoridad política debe garantizar “una vida pacífica y tranquila, que trascurra con toda piedad y dignidad”.

La virtud de la justicia y la prudencia, como la búsqueda de la verdad, serán elementos claves para establecer políticas públicas y una base para el acceso a la información del ciudadano. El diálogo entre gobernantes y gobernados da frutos cuando se persigue el bien común, como el conjunto de condiciones necesarias para que la persona humana se realice. En este horizonte, la administración pública tiene como fin servir al ciudadano. Deber moral inspirado en que la comunidad política tiene su fundamento en la dignidad humana y la protección de los derechos y deberes del hombre.

Qué tan importante resulta esta enseñanza cuando observamos los graves problemas en educación, salud, transporte y ordenamiento territorial. El liderazgo para corregirlo amerita exaltar y reconocer las cualidades del alma en los hombres indicados. Es más, la Iglesia nos enseña a oponernos a la “burocratización excesiva” que socava la administración pública, sujetada al funcionalismo impersonal e intereses privados. La corrupción que genera es la deformación más grave del sistema democrático, al destruir la amistad, confianza y solidaridad de las relaciones humanas e institucionales. Y los latentes conflictos sociales y las cuestionadas contrataciones estatales terminan negando la justicia social para quien necesita.

Gran testimonio de vida es el mártir santo Tomás Moro. Él no renunció al deber de custodiar la fe y la tradición católica en la función pública contra el anglicanismo que le exigía obediencia al apóstata Enrique VIII. Él nos enseñó que: “El hombre no puede ser separado de Dios, ni la política de la moral”.

En la doctrina católica, la misión del político es concebir la política como deber cristiano y la administración pública como “ayuda solícita al ciudadano, ejercitada con espíritu de servicio”.

domingo, 9 de marzo de 2014

Nadine Heredia y el Estado Constitucional de Derecho




Por: José Bellido Nina


Parece que no hay duda de que Nadine Heredia es una política carismática o siguiendo la descripción webberiana: una autoridad que denota gracia en cada actitud o contacto con el pueblo; el papel extraordinario de Primera Dama que muestra en cada espacio público, mostrándose como una funcionaria más del gobierno y quien aparenta encarnar al mismo Estado en una figura presidencial; la confianza que desea inferir en cada discurso al ciudadano que espera paciente una reducción a sus males; su seguridad al hablar con los periodistas sobre las políticas del gobierno; hasta la toma de decisiones en el Consejo de Ministros, que llevó al Presidente del mismo a renunciar.

No pasó ni un año del mandato presidencial, para que la figura de Heredia esté en cada inauguración de programas o campañas del gobierno y que fueron transmitidas por el canal del Estado.

Actores sociales y políticos vieron con preocupación el protagonismo y no dudaron en reducir su ego mediante frases disuasivas como "borrachita de poder" o "nosotros no la elegimos a usted". Era evidente que el carisma de Heredia impactó.

Luego leyeron la Constitución y la Ley Orgánica de Elecciones para ver alguna prohibición al cónyuge del Presidente de la República y la encontraron. ¡No puede postular! y otras exclamaciones más vinieron contra ella; otros prefirieron pronosticar posibles escenarios legales, como un plan de la bancada nacionalista y sus aliados para presentar una Ley de Interpretación Auténtica que concilie la Constitución y el famoso art. 107 inc. e) de la LOJNE; más allá prefirieron acudir al ámbito familiar, para sostener un posible divorcio.

No creo en ninguno de estos pronósticos políticos, porque intenta reducir todo el ordenamiento jurídico a una perspectiva legalista; es decir, lo permitido y prohibido se sujeta a las disposiciones de una norma jurídica o ley, siendo incuestionable. Esto podría pensarse hasta el final de la II Guerra Mundial, pero ahora no, pues la validez de una norma jurídica no está sujeta a los procedimientos de elaboración legislativa o reglamentaria, sino a unas normas jurídicas de superior jerarquía contenidas en la Constitución.

Toda norma jurídica o ley que emita la entidad legislativa, como los órganos o instituciones del Estado, deberá sujetarse al contenido material de la Constitución, teniendo legitimidad en la medida que defienda a la persona y el respeto de su dignidad. Ante este paradigma, la regla de la mayoría se hace a un lado (democracia formal), por una aptitud deliberativa y de consenso que tenga presente la protección y garantía de los derechos fundamentales (democracia material).

De esta manera todo el ordenamiento jurídico se sujeta a un control constitucional por el Tribunal Constitucional, el Poder Judicial y demás tribunales administrativos colegiados. Los últimos tienen un protagonismo reciente y el Tribunal del JNE no es ajeno a esta competencia fruto de la constitucionalización del ordenamiento jurídico; o sea, atribuir el control difuso para garantizar el ejercicio de los derechos fundamentales de los administrados o ciudadanos, prevaleciendo la norma jurídica superior. A ésto acoto la fuerza de ley que tienen algunas sentencias del TC al ser calificadas como precedentes vinculantes.

Viremos el análisis jurídico y político hacia el constitucionalismo contemporáneo, propio del Estado Constitucional de Derecho, antes de fijarnos en el legalismo anticuado del Estado Legal de Derecho.

El Partido Nacionalista Peruano vino para quedarse a través de la pareja presidencial. Un "partido" que oscila sobre las personalidades de ambos y buscarán todas las herramientas constitucionales y legales para su permanencia política (o rotativa).


miércoles, 20 de noviembre de 2013

¿Y el ciudadano republicano?



Por: José Bellido Nina


El hombre ha convivido y coexistido con sus semejantes, porque es un ser social y político por naturaleza; sin embargo, la concepción de la tradición greco-romana y la Modernidad aportaron reflexiones teóricos que, llevadas a la práctica, caracterizaron a la cultura de Occidente como un modelo de vida mundial generadora de paz (o esto se sigue creyendo aún). Aunque, el comienzo auguraba un buen devenir, la irrupción de la Revolución traería consecuencias inocuas.

La democracia (o politeia) de la polis griega aporta las virtudes morales y la participación política. Aristóteles exaltaba virtudes como la prudencia, justicia, amistad, confianza, solidaridad o el valor, importantes en la política, pues la virtud es un hábito del alma que se exterioriza en la elección individual del bien entre vicios extremos (defecto o exceso). La participación o deliberación sobre los asuntos públicos requiere que los ciudadanos tomen decisiones democráticas amparadas en la prudencia política o rectitud de la razón al elegir los medios más adecuados para alcanzar el bien de la comunidad. La connaturalidad del hombre y la ciudad se ejerce en las magistraturas, los tribunales y, especialmente, en la asamblea. Hombres libres e iguales, obligados por naturaleza, la convención y la ley.

La res publica de la civitas romana tenía un reconocimiento débil de su soberanía popular. La organización del poder estaba en el Consulado, el Senado y el Tribunado de la Plebe, rigiendo los asuntos públicos. La ciudadanía republicana era pasiva. La capacidad jurídica y política del ciudadano estaba sujeta a un status que procedía de la familia, la libertad y lo civil; incluso por su expansión, la otorgaba a peregrinos o extranjeros. Conferidos de títulos celebran contratos o asumen derechos matrimoniales o testamentarios, en cumplimiento de la ley. Cicerón consideró que, este régimen republicano incluye la virtud cívica; es decir, el amor a la patria y la constitución, que tenían sus bases en virtudes morales cardinales: la prudencia, justicia, fortaleza y templanza. La moral constituía hombres educados y, por tanto, buenos ciudadanos.

En la Modernidad, el concepto de sociedad civil asume el interés del individuo en el Mercado, toda vez que se refiere a las relaciones socio-económicas para el trabajo y el mercado (Hegel). Ilustrado por las teorías contractualistas o liberales, modela al individuo en un estado de naturaleza conflictivo (Hobbes y Kant) o bondadoso (Rousseau) que por el miedo y la muerte, busca protección a la vida, familia, libertad o propiedad, pasando a un estado social o civil mediante un contrato que limita su libertad por la protección del Estado que garantiza la convivencia en el orden y paz interno, y seguridad externa.

La libertad individual o la autonomía de la voluntad se traducen en la razón, desmitificada de cualquier noción de bien moral o religioso concebido en la metafísica o Revelación que en la Cristiandad confrontaba la ciencia, competencia y usura, con los beneficios sociales y espirituales, hacia un orden justo.

El hombre moderno busca utilidad en sus intereses materiales para el placer, rechazando el dolor (Bentham y Mill). Así, busca el bien-estar material en la explotación de los recursos, valiéndose de medios para permanecer en el poder (Maquiavelo), ejerciendo el cálculo y control, eficiente y eficaz. Una razón instrumental.

El Estado es neutral ante estos “proyectos”, aceptando diferentes modos de vida, escéptico ante un concepto absoluto de verdad y bien (relativismo), sin existir otro fundamento de la convivencia humana que la voluntad en el consenso (nihilismo). Estas ideas intentan la unidad de los hombres, pero en la realidad operan como fuerzas centrífugas y desesperantes.

Por otro lado, se apoya una intervención del aparato político ante el sesgo racionalista que originó al capitalismo, la Revolución Industrial, la migración masiva, la interculturalidad, como las insanas condiciones laborales y salariales. Se formuló un Estado contralor de la economía, mejorando la relación empleador-trabajador (Keynes); sin embargo, la lucha de clases donde el proletariado asume el poder contra la burguesía (Marx), encontrará su radicalización en la violencia del comunismo, extendido en Occidente y Oriente; la superioridad de la raza y exaltación cultural motivaron la xenofobia y el chauvinismo del nazismo y fascismo, como la atención a una catástrofe nuclear en la Guerra Fría.

Estas escuetas líneas plasman polos extremos de la modernidad y la pérdida del bien humano, sucediendo a los totalitarismos, la negación de la vida, libertad e igualdad, intrínsecas a la dignidad humana.

En la actualidad, el Mercado encarna una clase empresarial con mayores beneficios pecuniarios, edificando monopolios u oligopolios, centros laborales y remunerativas precarias, productos ajenos a las exigencias de salubridad, el desplazamiento social y ecológico por la inversión privada, el afán al trabajo, el aliento del consumismo, la espontaneidad de la moda, el emotivismo del espectáculo y la diversión, la sedentarización de las tecnologías de la información y comunicación, la difusión de la felicidad material, el facilismo visual, la crisis del matrimonio y la familia; siendo también algunas causas de la privatización de la vida que genera el desinterés por la política.

El Estado y el poder gubernamental se encuentran atrapados por una clase política que abraza con celo la burocracia y la corrupción, corroen la democracia con el caudillismo o patronazgo, redes de clientilaje, la malversación o desvío de recursos públicos, el fomento del soborno en las contrataciones en obras o servicios públicos por servidores públicos y contratistas, la perversión de la justicia en las instituciones policiales, fiscalizadoras y judiciales en protección de los bienes públicos, la intimidación social por la arbitrariedad y opiniones viscerales, que generan un gran costo irreversible en el desarrollo y la justicia social.

Bajo estas consideraciones, es urgente que la comunidad política revise su fundamento y oriente un espacio que convoque a los ciudadanos para la participación o deliberación política en búsqueda del bien común y un mejor régimen político.

En la actividad política se reconoce al otro como sujeto de la realización personal, familiar y social. Un espacio democrático donde la palabra y la acción tienen un protagonismo, forjando un destino común de mutuo respeto en la justicia. Esta comunicación renueva la solidaridad, reivindica la philía (amistad) y fides (confianza), edifica proyectos comunes y una responsabilidad intergeneracional.

La política no es exclusiva del Estado o grupo gubernamental, ni las relaciones interpersonales se pueden reducir al interés material que fomenta el Mercado, por el egoísmo y la competencia. El valor motiva a que el ciudadano disuada toda acción ilegal que brote del poder político y económico. Es un auténtico fiscalizador que exige transparencia en la administración pública y sus recursos. Dialoga sobre cómo debe gobernarse y quiénes deben hacerlo en representación. Este espíritu crítico revela a los ciudadanos libres de aquellos que no lo son y rompe la indiferencia a un orden jurídico y político.

La rehabilitación de una racionalidad política clásica (1) que busque la verdad y el bien, la defensa de un orden natural previo y normativo, el reconocimiento de la dignidad humana y la ley natural para el recto actuar, permiten que el debate público y la opinión pública trasciendan las apariencias hacia una mejor decisión.

Entonces, el ciudadano republicano posee la virtud y la libertad, promueve la prudencia, igualdad, honestidad, patriotismo, solidaridad, simplicidad, justicia, etc. Rechaza los vicios de la conducta, como el cinismo, egoísmo, orgullo, la ambición, ostentación, cobardía, corrupción, entre otras.

Ser virtuoso es condición para ser libre y la política lo amerita.

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(1) Para una revisión de la racionalidad política clásica ver: GARZÓN, Iván. (2009). Leo Strauss y la recuperación de la racionalidad política clásica. Dikaion, 18, 297-314.


lunes, 22 de abril de 2013

Homo videns. La sociedad teledirigida




Por: José Luis Bellido Nina

El primer texto que leí del profesor italiano fue Elementos de Teoría Política, donde defiende una teoría que se verifique en hechos y viceversa para la ciencia política. No sorprende que todos los títulos del texto estén en palabras abstractas, conceptos o ideas. Al igual como Homo Videns. La sociedad teledirigida, donde expresa que la diferencia entre homo sapiens y primates es la capacidad simbólica. El lenguaje-palara es el lenguaje esencial, constituyéndose en un instrumento de pensamiento y comunicación.

El desarrollo de la civilización está en el tránsito de la comunicación oral a la palabra escrita, asistido por elementos portadores de la comunicación lingüística; sin embargo, la irrupción del televisor y la televisión genera que el “ver” esté en la cúspide, relegando al “hablar” y la escritura; abandonando el mundo simbólico para ser un animal vidente de señales o imágenes. Una vuelta a las cavernas.

La palabra es un símbolo y la entendemos en la medida que sabemos su significado, la lengua.  La comprensión se logra en la lectura y la explicación del concepto; se requiere esfuerzo. No así con la imagen, en la que se necesita ver sin el más mínimo esfuerzo. La televisión imparte lo segundo, deconstruyendo el mundo simbólico; moldeando un nuevo ser: el homo videns.

Si bien la televisión adquiere un carácter cuantitativo por su producción que nos induce a expresar un progreso, no es así, pues el progreso es un término neutro, ambivalente, que sería cualitativo en la medida que contribuya en el desarrollo de la persona. Si el objetivo de la televisión es hoy un empobrecimiento de la capacidad de entender, entonces lo cuantitativo es igual a negativo.

La crisis comienza con el niño que aún no sabe leer ni escribir, pero sí ver. Absorbe lo que ve sin someterlo a su capacidad de discernimiento. Es un vídeo-niño, aquel que creció ante un televisor, experimentado imágenes que le transmiten juegos, emociones y descripciones; mas no abstracción. En la actualidad, un niño expuesto al hipertexto, figuras, colores, gráficos, sonidos, etc. Un ser humano que pasará su adolescencia y juventud en el entretenimiento, la diversión y el relajo. Homo ludens.  “Así pues, en síntesis, todo el saber del homo sapiens se desarrolla en la esfera de un mundus intelligibilis (de conceptos y de concepciones mentales) que no es en modo alguno el mundus sensibilis, el mundo percibido por nuestros sentidos. Y la cuestión es ésta: la televisión invierte la evolución de lo sensible en inteligible y lo convierte en el ictu oculi, en un regreso al puro y simple acto de ver. La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender” (p.51). En el homo videns “el lenguaje conceptual (abstracto) es sustituido por el lenguaje perceptivo (concreto) que es infinitamente más pobre: más pobre no sólo en cuanto a palabras (al número de palabras), sino sobre todo en cuanto a la riqueza de significado, es decir, de capacidad connotativa" (p.52). En la cultura audio-visual la imagen no da inteligibilidad, porque la imagen carece de una explicación suficiente.

La persona se abrió paso en la forja de una cultura que involucra palabras abstractas que no representan cosas visibles, pues su significado (connotación) no se puede representar en imágenes; por el contrario, las palabras concretas (denotativas) pueden ser representadas hasta en su significado. No todas las palabras denotan pero sí connotan. La formación del pensamiento se debe, por ejemplo, conciencia, libertad, justicia, dignidad, Estado, gobierno, partidos políticos, asociación, empresa, comunidad, etc. Estos conceptos son parte de nuestra existencia, pero necesitamos aprehender su significado y esa explicación no la encontramos en la televisión, sino en los libros, en la cultura escrita.

Sartori no descarta la posibilidad de que exista una integración del homo sapiens y el homo videns, entre la cultura escrita y la cultura audio-visual, si en tal relación existen las explicaciones conceptuales del mundo para el conocimiento y el discurso. Pero no es así en la actualidad. La televisión ha sustraído de la educación otros factores como a los padres, la escuela y los coetáneos (grupos de amigos). Cada uno ha perdido protagonismo en la forja del conocimiento. Si es que la persona desde el vídeo niño atraviesa una formación precaria, cuando sea adulta le será dificultoso cambiar esos vicios y no atenderá al llamado serio de la res publica.

El tele-ver en la política trae una ciudad sin cultura. La vídeo-política sólo se basa en informar lo que considera importante a través de imágenes, selecciona de acuerdo a lo que “cree” que “quiere” la gente; induce y condiciona la opinión de gobernantes y gobernados. Otorgan autoridad a la imagen y relegan el discurso conceptual que debe primar en la política. Con ello, el ciudadano está desinformado, tiene información distorsionada y subinformado, por su poca información.

Por otro lado, la opinión pública debería tener la conciencia de su comunidad, gozar de argumentos racionales y decidir. Un hiper-ciudadano que decide sobre el mérito. Un ciudadano que lea y sepa. Tan solo apreciamos una opinión popular de cualquier cosa sin sentido y una opinión de masas, visceral, demagógica o irracional. Tampoco la democracia deliberativa, basada en el conocer y decidir, tiene sentido, puesto que la deliberación requiere lenguaje abstracto. En esta realidad, la autonomía de la opinión pública no es tal, sino que existe un directismo desde la imagen en la información, donde el “mostrar” reemplazar al “explicar”.

El homo videns sólo entiende la realidad a partir de lo visible de la política, la imagen que le muestra esto o aquello, sea irrelevante o no. Si no tiene una imagen, para él no existe. Su limitación viene de las falsas estadísticas, que reducen los conceptos a números; las entrevistas casuales que dan opiniones ciegas, cargadas de estupidez y agresividad; la excentricidad en palabras de charlatanes, pensadores mediocres y quienes buscan la novedad; y el privilegio del ataque y  la agresividad. En la política el espectáculo es lo que cuenta, pues no existe una opinión sobre el pensamiento o discurso del político sino a mirar sus caras. Lo peor es que incide en lo electoral y el modo de gobernar.

La vídeo-política, entonces, tiene los siguientes aspectos: la política es un acontecimiento mediático, se da importancia a los falsos testimonios y existe una emotivización de la política. No sorprende porqué en la política (elecciones o no), lo importante son “las mascotas”, el baile, la guachafada, el escándalo, la obscenidad, el insulto, los dimes y diretes para la portada del día siguiente. ¿Qué entendieron lo ciudadanos? Nada, porque nadie explicó y los ciudadano ni cuenta se dieron.

Los ciudadanos no disciernen en la importancia que debe tener el saber para la administración de la ciudad en un líder o varios. No se discierne entre quién tiene información y competencia cognitiva en la política, quién está informado de los problemas de la política y quien está capacitado para resolverlas. El interés está en cuánto satisfacción tiene el homo videns y el homo ludens.  Un demos debilitado pierde el sentido de comunidad y la importancia de la decisión en el saber.

Si bien Sartori es un seguidor de la Ilustración por la exaltación de la razón y la ciencia, son éstas junto a la tecnología las que pregonaban un hombre libre de creencias irracionales; sin embargo, aquel hombre que tenía un concepción del mundo, es reemplazado por aquel que no tiene una visión coherente del mundo y ante la ausencia de conocimiento la nada invade su conciencia y comunicación.

La televisión es un medio de información que tiene productores sin ninguna formación intelectual, que miden el producto de acuerdo al dinero que produzca. La teoría de la competencia no es una salida, porque el consumidor no castiga la mala producción de información como lo hace con un producto o servicio ni siquiera el utilitarismo les asiste, pues la razón utilitaria para el beneficio propio no es evidente. El medio premia y promueve esa libre elección con la extravagancia, el absurdo y la insensatez. El creador que vio en un comienzo herramientas para mejorar la comunicación, termina por someterse a su creación, inmóvil, sin saber ni hacer en y para la cultura.

No sólo la televisión formó este ser, también lo hizo la Internet, pero ésta logró unir a los dispersos, a los homos insipiens caracterizados por la necedad e ignorancia. El ver pasivamente, que es la relación hombre televisión, ahora se une con el ver activamente, el hombre y ordenador. La interacción, la comunicación con el sólo click con otro servidor y la persona que está en frente, es una interacción de mayor actividad que la pereza frente al televisor. Pero hay que distinguir entre la utilización educativa-cultural y práctica de la Internet que lo hace positivo del uso que es sólo para entretenimiento como escape del mundo real. En sí mismo, este conjunto de actividades banales traen el post-pensamiento, el abandono de la reflexión abstracta y analítica por el ver (televisión) y fantasear (ordenador).

Es importante, nos exhorta el intelectual, rescatar el concepto de cultura con su significado antropológico, que aprehende un contexto (valores, creencias, conceptos, etc.)  de simbolizaciones que constituyen su cultura, y un significado valorativo, como aquella persona culta o saber a partir de buenas lecturas e informada. El homo cogitans.

¿Cómo superar este post-pensamiento o rescatar lo que se cree perdido? El profesor italiano expresa que el regreso está en la defensa a ultranza de la lectura, el libro  y, en una palabra, la cultura escrita (p. 153), porque “en la cultura del libro el desarrollo del discurso es lineal, lo cual significa que el libro enseña consecutio, coherencia en la argumentación, o por lo menos construcción consecutiva de los argumentos” (p. 187), permitiendo que el conocimiento y el lenguaje sean claros, articulados y precisos. Lógico-racional. Una tarea que involucra soledad.

La multimedialidad (incluyo los smarthphones) no logra instruir al ser humano, atrofia su capacidad de entendimiento o abstracción como persona, pero a la vez como ciudadano que participa en la democracia sin realizar ninguna crítica o aporte racional. La nada trae el caos. No hay libertad ni libertad política. No nos hace homo sapiens en búsqueda de conocimiento. 

Se puede comenzar por virar hacia la lectura de los periódicos y escuchar el radio, pues sólo allí se lee y comunica la palabra.

El texto nos muestra con precisión los males del mundo que trajo la televisión y la multimedialidad como si saliesen de la Caja de Pandora, pero guarda la esperanza.

“En este mundo ya todo es neo, trans, post. El ´novismo´(acuñación mía) y el beyodism, el ir más allá (acuñación de Daniel Bell), vuelven locos. Hoy día, si no ´superas´, si no adelantas o saltas la valla, no existes. Arriesgándome a no existir, yo prefiero resistir” (p. 198). Resistamos, entonces.


SARTORI, Giovanni, Homo Videns. La sociedad teledirigida, Taurus, México 2012.

viernes, 22 de febrero de 2013

Imago Dei



Por: José Bellido Nina


Carlos Bellatin, poeta arequipeño, desarrolló una lectura errónea de la Cuestión 92 de la Parte I de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino. Él señala que Santo Tomás de Aquino considera al hombre con una función vital, entender; mientras que la mujer sólo es ayuda reproductiva. El santo al dar solución a las objeciones discierne entre la potencia generacional activa y pasiva, comunes a las plantas y animales, por la semilla y el coito, respectivamente. Ésta es más perfecta que aquélla en la función vital; sin embargo, existe una función vital más digna en el hombre que es entender, pero Santo Tomás entiende por hombre al varón y mujer, así manifiesta: “Por eso, en él era conveniente una mayor distinción de ambas potencias, de modo que la hembra fuese hecha separadamente del varón y, sin embargo, se unieron carnalmente para la generación”. Distinguir ambas potencias (varón y mujer) en el hombre, siendo que la operación vital de ambos es entender.

Ahora bien, el error de Bellatin está en leer mal, pues para él el hombre es varón, mas no mujer. Así continua con su error al considerar el sometimiento servil y económico o civil de la lectura, y el último es el de la mujer hacia el varón. Bellatín interpreta esto a partir de: “Este es el sometimiento con el que la mujer, por naturaleza fue puesta bajo el marido; porque la misma naturaleza dio al hombre más discernimiento”. Entendiendo  que, hombre es marido, no mujer; sin embargo, Santo Tomás al expresar “dio más discernimiento al hombre” se refiere al marido y a la mujer en familia, pues en su tiempo todo se ordenaba entre gobernados y sabios, guardando relación en la familia y el pueblo en relación a los siervos o súbditos. La mujer se sometía al marido. Una visión que era común en Grecia, Medio Oriente, judíos y otros grupos. Por tanto, el hombre (varón y mujer) tienen más discernimiento para la utilidad y el bienestar.

El lector tiene la oportunidad de leer la Suma Teológica y seguir  la cuestión y los artículos desarrollados. El apego a las Escrituras por parte del Doctor Angélico explica la relación de la mujer al hombre desde el pecado.

Es en la Cuestión 93, donde se desarrolla hondamente la relación del varón y la mujer como imagen y semejanza de Dios. Así tenemos el Génesis 1:26-27. El hombre es imagen de Dios, Imago Dei, pues Él les da inteligencia, lo que los hace semejantes, mas no iguales a Él. Una semejanza imperfecta por su naturaleza distinta. La semejanza perfecta únicamente es con el Hijo, por su identidad. Desarrollado en el artículo 1.

Así, el artículo 6 de la misma Cuestión en respuesta a la segunda objeción, expresa que: “Así, hay que decir: La Escritura, después de decir Lo creó a imagen de Dios, añadió: Los creó macho y hembra, no para que se tome la imagen de Dios de la distinción de sexos, sino porque esta imagen divina es común a ambos sexos, puesto que se da por la mente, en la que no hay distinción de sexos”.  Es decir, la imagen y semejanza del hombre, varón y mujer, a Dios se origina como criatura racional o naturaleza intelectual. De modo que, tanto el varón y la mujer son iguales en naturaleza y dignos. En la concepción del hombre de Santo Tomás de Aquino no existe desmedro hacia la mujer como Bellatin erróneamente cree.

Por último, personajes promotores del ateísmo o laicismo beligerante, dicen que Santo Tomás de Aquino es misógino por haber escrito en la respuesta a la primera objeción de la artículo 1, Cuestión 92, que la mujer es algo imperfecto y ocasional (o interpretados por ellos: defectuosa y mal nacida). Tenemos que decir que, esta postura obedece a sesgo deliberado, stultitia, con el ánimo de inducir al error y engaño a los hombres de buena voluntad. Queda claro que, en estas breves líneas, hemos intentado dar una visión en promoción de la verdad.


sábado, 2 de febrero de 2013

Bitácora de las Islas




Por: José Bellido Nina


El poemario del amigo César Belan describe a un viajante en su recorrido por tres islotes y su posterior naufragio. Salta a la vista la evocación de las distintas tradiciones y sus relaciones culturales; sin embargo, debe reconocerse que el viajante no sólo necesita atender los menesteres físicos, a veces burdas pasiones, también busca ese “algo” que anhela su espíritu. “Pobre el viajante que recorre los desiertos en busca / de desiertos y sólo encuentra calles avenidas”. También anhela recuperar. La búsqueda de la soledad, camino a la introspección atendiendo a sus cuestiones fundamentales que sólo la conciencia ayuda. Una voz de la Providencia. Que venga del cielo y trascienda en la tierra.

La esfera religiosa es perenne en el texto, en cada Islote. Esas porciones de tierra que olvidaron el viejo nomos que divide y limita la una unidad política hacia la trascendencia, sin reducciones por el aquí y ahora. Evitar el mal. Por otro lado, este viajante bombardeado por distintas culturas y personajes disímiles entre sí, busca un sentido a su vida, ese telos desconocido. Sugerente que esas tradiciones y culturas no satisfagan al errante; por el contrario, alimentan un repudio. De pronto se comparte esas ansías de rescatar una tradición intelectual universal.

Las líneas que se refieren a los distantes islotes, me recuerdan de inmediato a reflexión filosófica y ética de Alasdair MacIntyre en Tras la Virtud[1]. Estamos en una “post catástrofe”, metáfora apocalíptica designada a una “hipótesis inquietante”, pues una catástrofe universal acabó con el mundo civilizado; sin embargo, los supervivientes encuentran fragmentos de esa cultura extinta, creyendo que la parte es el todo y edifican, ciencia y técnica, pero distinto a quienes encontraron también fragmentos. La historia de la filosofaría occidental pasó por tres momentos. El primero, el orden, por las virtudes del pensamientos antiguo griego; segundo, la catástrofe iluminista; y tercero, la cultura emotivista. Este emotivismo, presente aún, reduce la moral a opciones de la voluntad humana, sin justificación racional. Los juicios de valor y moral son expresiones de sentimientos, netamente subjetivas o individualistas; sin embargo, para el profesor escocés, hay que reivindicar el sistema tradicional aristotélico fundamentado en el conocimiento de la naturaleza humana, las reglas morales que permiten la realización de aquélla, su finalidad. Una apertura a la vida buena en la práctica de las virtudes, sobretodo de la justicia presente en las relaciones de hombres. Más aún, cuando esta vida buena necesita de la Revelación para la felicidad. La Ley Natural de Santo Tomás de Aquino ayuda en ese camino. La teología católica ayuda a los practicantes en su vida política, en búsqueda de un bien común fundado en la realización de su naturaleza universal.

La tradición de las virtudes o aristotélico-tomista, nos brinda una solución a los malestares ocasionados por el emotivismo, evidenciándose el liberalismo que inquieta todo, desconoce órdenes, auctoritas, potestas, el deber sobre el derecho, etc., transformando la suma de voluntades en un ambiguo bien común. La verdad buscada por la razón y el bien apetecible por la voluntad como dinamismos universales propios de la condición humana no son universales para el liberalismo. Auténtico episteme. Todo se somete al diálogo, al mundo de la doxa, consenso susceptible de cambio. Como ese marxismo que destruye todo orden, concepción metafísica y distinciones. “El presidente Gonzalo es el producto excelso / de 15 mil millones de años de materia en movimiento”. Esa cultura de masas condensada (light). “En la catedralicia misa se proyecta, más / que celebrar el rito; desde las butacas todos esperan que / HUMPHREY BOGART se acerque al atril”.

Encontrar a Mr. Eliot en las líneas no es un asunto casual. También T. S. Eliot visionaba una cultura en decadencia. Nótese que, el Nobel arequipeño toma referencia de él[2], pues la cultura se trasmite en la familia e Iglesia. Entendiendo la cultura como es un estilo de vida. Considerando la religión, “mientras dura, y en su propio campo, da un sentido aparente a la vida, proporciona el marco para la cultura y protege  la masa de la humanidad del aburrimiento y la desesperación”.

El cristianismo proclama la glorificación de Dios y la santificación del corazón humano. Una relación de razón y fe o filosofía y teología. Lo que no está presente en los islotes, generando incertidumbre en el viajante.

“Sediento y avergonzado, esperando a quienes que vendrá a / impartir Su reino por el fuego – y de una vez por todas-, el / Viajante, permanece en la orilla de la mar esperando ese, su propio bautizo, que es Muerte por Agua”.

La ausencia de orden en cada islote es evidente. Ese orden temporal y espiritual que alguna vez en nuestra historia fue próspero, pero banalizado y olvidado por la Ilustración. Es, entonces, importante rescatar el sentido de la vida. Una vuelta a la homogeneidad, que identifique a un amigo y un enemigo.

Ese viejo nomos debe ser reivindicado, como la Respublica Christiana. Siguiendo a Carl Schmitt[3]: “Nomos, en cambio, procede de nemein, una palabra que significa tanto ´dividir´ como también ´apacentar´ (…). Nomos es la medida que distribuye y divide el suelo del mundo en una ordenación determinado, y, en virtud de ello, representa la forma de la ordenación política, social y religiosa”. La unidad fundamental de ordenación y asentamiento. Una ordenación de la unidad de la Respublica Christiana mediante el Imperio y el sacerdocio. “Lo fundamental de este imperio cristiano es el hecho de que no sea un imperio eterno, sino que tenga en cuenta su propio fin y el fin de eón presente, y a pesar de ello sea capaza de poseer fuerza histórica. El concepto decisivo de su continuidad, de gran poder histórico, es el del Kat-echon. Imperio significa en este contexto la fuerza histórica que es capaz de detener la aparición del anticristo y el fin del eón presente, una fuerza qui tenet, según las palabras de San Pablo Apóstol en la segunda Carta de los Tesalonicenses, capítulo 2”.

La desobediencia de Adán y Eva y la epístola de San Pablo muestran la “mancha” del pecado en la naturaleza humana. Una debilidad que se supera únicamente por la fe en la Revelación. Es la presencia del Kat-echón (“sello”, “que retarda” o “retrasa”) que impide la manifestación del Anticristo, pues sumiría a la humanidad en el mal (anomia). Importante es este sello en las formas de organización política, en su soberanía y la decisión del soberano ante la amenaza o riesgo a la supervivencia del Estado o la creación. Un combate a un estado de excepción. “La pérdida de la fe del hombre hacia Dios abre la indiferencia hacia la metafísica y la pérdida de la seriedad de la vida, que se convierte entonces en pensamiento individualista, esto es, en ideología liberal”[4]. El olvido de estos conceptos generó la disolución de esta ordenación medieval. De la teología política caracterizada por la lucha del bien y el mal, pero que tiene un fin en la segunda venida de Jesucristo.

“Son días buenos para la reacción / estos días, /donde se teoriza de / la lucha de las plumas / por librarse de las alas / y así cosechar los frutos de su más libre vuelo”. El viajante no encuentra ningún sentido a los islotes, no responden a los anhelos de su espíritu, no existe espacio para el diálogo ni encuentro con el Divino. “Adiós, / buen Eumeo, / ya llegarán los días / del Cuarto lado del Triángulo / - Oráculo del Señor - /en que ÉL establecerá una Nueva Alianza”.

En el naufragio queda patente la pérdida de encontrar el desierto como último refugio, pues los islotes están sumidos en la catástrofe. 

Por lo expresado, no veo una interpretación de diálogo fecundo entre tradiciones y culturas, sino la necesidad de reivindicar una tradición que creo está en el pensamiento de César Belan, ésa es la tradición teológica política. 


BELAN, César, Bitácora de las Islas, Fuga, Santiago 2012.




[1] FERNÁNDEZ-LLEBREZ, Fernando, Una lectura interpretativa de Tras la virtud de Alasdair MacIntyre, en “Foro Interno, n° 10, Madrid 2010, pp. 29-49.
[2] VARGAS LLOSA, Mario, “La civilización del espectáculo”, Alfaguara, Lima 2012, pp. 14-17.
[3] SCHMITT, Carl, “El nomos de la Tierra en el Derecho de Gentes del Ius Publicum Europaeum”, Comares, Granada 2002, pp. 19-46.
[4] HERNANDO NIETO, Eduarco, ¿Teología Política o Filosofía Política?: La amistosa conversación entre Carl Schmitt y Leo Strauss, en “Foro Interno, n° 2, Madrid 2002, pp. 97-114.

domingo, 23 de diciembre de 2012

El Hombre de A Cero



Por: José Bellido Nina


Tuve la oportunidad de leer el libro del amigo Juan Carlos Nalvarte Lozada, quien refleja una serie de microcuentos que no son tan alejados de la realidad, sino que muestran a personajes que, si bien él cree que no son pendejitos, sí están atrapados en un mundo deshumanizante al cual contribuyen.

El contenido refleja el imaginario de quien encontró o encuentra situaciones especiales o embarazosas, sobre todo en la niñez, adolescencia y juventud, además de una alucinación que el propio Nalvarte pondera en las descripciones y expresiones personales. De hecho, como él expresó, su libro refleja una propuesta ética. No porque la líneas evidencien una lucha constante del ser virtuoso sosteniéndose de los principios éticos, sino que muchos de los personajes no se encuentran en una sana reflexión ética de discernir lo bueno y malo de sus actos, virtud de la sindéresis. 

Cada acción se somete al sentimentalismo, revanchismo, mezquindad, placeres, etc. reflejando que los hombres de a cero no sean los buenos perdedores, aquellos oprimidos en una sociedad deshumanizada (argumento caviar, dicho sea de paso, que Nalvarte puede reprochar); ellos son en realidad malos perdedores, pues siempre fueron buenos para nada; es decir, nunca supieron apelar a la prudencia en un momento de introspección, la más conspicua de las virtudes morales. Ni qué decir de las virtudes teologales socavadas por un sesgo en "...su religión no se lo permite" (La Venganza). El mundo está lleno de culpas.

Quizá sea intención del autor reflejar personajes guiados sólo por su voluntad, sin valorar la razón. De esos que pululan en cada esquina o manchitas de barrio que cualquier juerga es ocasión para campeonar o de quienes a pesar de tener consciencia de sus actos deciden persistir en el mal.

La inmadurez y estupidez estuvieron presentes de formas símiles en algún momento de la vida. Pero si no es la rectitud de la razón, aunque sea el simple sentido común el que nos ampare y libre de esas situaciones. Y si no es ninguna, que la luz de la fe nos ilumine.

De hecho, las vivencias reflejadas en cada microcuento apelan a una sociedad libre, de esas que reprochan la tradición, obediencia y el orden debido; magnificando las decisiones individuales sin hacer caso a ningún precepto con tal de que se gane. 

Creo que en este país se vive una cultura del vivo (o del pendejito), como él también critica y que sí evidencia relatos pichiruchentos (aludo a la dedicatoria).

Juan Carlos, ¿en qué momento se jodió el Perú?



NALVARTE, Juan Carlos, El Hombre de A Cero, Cascahuesos, Arequipa 2011.


domingo, 18 de noviembre de 2012

Newman: Apóstol de la Conciencia



Por: César Félix Sánchez Martínez


El 19 de septiembre de 2010, en medio de una magnífica celebración durante su reciente viaje al Reino Unido, el papa Benedicto XVI beatificó al Cardenal Henry Newman (1801-1890), el más famoso de los conversos ingleses y una de las figuras fundamentales en la historia reciente de la Iglesia. Esta beatificación constituye un signo providencial en los tiempos actuales, pues el mensaje de la vida y obra del Cardenal nos ilumina particularmente en un contexto de crisis relativistas y abolición del hombre.

John Henry Newman, nacido en una familia burguesa londinense, era un talentoso licenciado en literatura clásica por la Universidad de Oxford además de un devoto clérigo anglicano. Se desempeñaba como catedrático y tutor estudiantil cuando una disputa sobre "pastoral universitaria" con el Decano del Colegio Oriel -al que estaba adscrito- acabó provocando un vasto movimiento de reforma en la Iglesia de Inglaterra. Lo que había nacido trescientos años antes de las pasiones desatadas de Enrique VIII, era en el siglo XIX una Iglesia en donde no tenían cabida ni santos ni pecadores (como en la Iglesia de Roma) sino sólo "la gente respetable", para citar la famosa frase de Oscar Wilde. Más que una religión, parecía ser una dependencia del poder político, respetada sólo en cuanto elemento sociológico y folclórico, incapaz de cumplir con el precepto evangélico de vos estis sal terrae. Convivían en ella teologías opuestas, pero nadie se hacía mucho problema hasta que a partir de 1830, Newman, ahora vicario de Saint Mary´s en Littlemore, iniciaría el mayor movimiento de reforma que el anglicanismo hubiese conocido jamás, el llamado Movimiento de Oxford. Desde el tiempo de los teólogos carolinos y de la Iglaterra escolástica de Bacon y Scoto no se había visto tantos ingenios juntos al servicio de la Fe a través de los polémicos folletos Tracts for the Times.

Mientras tanto, el estudio de los Padres de la Iglesia llevó a Newman a sostener posiciones cada vez más cercanas al catolicismo. En primer lugar, descubrió que el Evangelio probaba de forma categórica la voluntad de Cristo de fundar una Iglesia; una Iglesia visible. Y que esa Iglesia había existido desde los primeros años de nuestra era, caracterizada por sus cuatros marcas típicas: Una, Santa, Católica y Apostólica. Poseía esta Iglesia además un Magisterio y una Tradición, expresadas por las enseñanzas de los Padres y las definiciones de los Concilios Ecuménicos, unánimemente aceptadas desde siempre, en la mayor parte de lugares y por la mayoría. Pero es a partir de 1831, con un estudio sobre la herejía arriana, donde descubre con perplejidad que la posición cristiana había sido sostenida sin vacilación por la sede romana y que, mirándose en el espejo de la historia eclesiástica, él sería un monofisita y los protestantes, herejes eutiquianos. Después de algunos años de polémicas memorables que le depararían una extensa fama, llega a la conclusión que: "o a la religión católica es en verdad la venida del mundo invisible a este mundo visible, o no hay nada positivo, nada real en ninguno de nuestros conceptos sobre nuestro primer origen y nuestro último destino". En 1845 es recibido en la Iglesia Católica, reordenado sub conditione y en medio de lo que ahora llamaríamos "revuelto mediático", regresa a Inglaterra, a ser combatido por muchos y admirado por algunos pocos, pero siempre leído por todos.

Convertido en apóstol incansable, aunque dolorosamente alejado de su amada Oxford, se dedica a escribir. Ante las críticas del "socialista protestante" Kingsley, redacta una Apología Pro Vita Sua (1865), monumento de la apologética teológica católica y una de las mayores muestras de la prosa inglesa de todos los tiempos. Pero el Padre Newman no era simplemente un hábil predicador y apologeta; despliega a partir de su periodo católico sus habilidades como novelista en obras como Callista, ambientada en los tiempos del Movimiento de Oxford. También fue un poeta destacado como Dream of Gerontius y Lead, Kindly Light. Su influencia literaria sería fundamental en la renovación de la literatura inglesa en el siglo siguiente, a través de figuras tan disímiles como el poeta jesuita Gerald Manley Hopkins (a quien bautizó en 1866) o el novelista experimental James Joyce, que los consideraba como el mejor prosista inglés de todos los tiempos. Que sepamos, Newman es el primer novelista glorificado por la Iglesia. Esperemos que no sea el último, pues G.K. Chesterton, otro gran converso inglés, está también en la cola.

Al final de su vida y después de multitud de pequeños sinsabores que a veces agriaron su vida, conoce el reconocimiento universal al ser nombrado Cardenal de la Iglesia en 1879, falleciendo once años después. 

Junto con el Amor a Cristo y a su Iglesia, destacó siempre en el pensamiento de Newman una defensa de la conciencia individual: "Dios nos ha dado dos Vicarios sobre la Tierra: el Papa y la Conciencia", solía repetir. Pero una conciencia individual arraigada orgánicamente en una concepción realista y objetiva de la Verdad Metafísica e Histórica; no esa pseudo-conciencia aislada, relativista y caprichosa que proclama el liberalismo filosófico y teológico que siempre combatió. Pudo vislumbrar de forma profética tiempos donde la conciencia sería sepultada bajo los mitos de la sangre y de la clase y por el positivismo de las "autoridades, aun en la misma Iglesia.

No nos queda más que recordarlo este 9 de octubre, día de su flamante Fiesta, pidiéndole que interceda por nosotros haciéndonos tener siempre presentes estas palabras suyas: "Cuando servimos, reinamos; cuando damos, poseemos; cuando nos rendimos, entonces somos vencedores".


miércoles, 7 de noviembre de 2012

Barack Obama, ¿cristiano o laicista pro aborto?



Por: José Bellido Nina


En su primer gobierno, Barack Obama evidenció el apoyo a laboratorios encargados de experimentar con embriones humanos y su promoción a políticas abortistas, en pro del avance científico y respeto a las libertades; sin embargo, su discurso proselitista apela a la Providencia, contrariamente.

El punto de partida está en comprender el pensamiento laicista; es decir, una separación tajante que se hace entre la religión y la política, dejándonos argüir que la fe se reduce al ámbito privado carente de verdad y bien objetivo; mientras que la política es propia del ámbito público, libre de prejuicios morales y religiosos. Lo bueno y malo se reduce a la utilidad o el beneficio para un Estado que tiene poder de decisión sobre la cosa pública.

Pero, Obama, al dar su aprobación a las prácticas selectivas de eliminación de embriones y permitir el aborto, ha provocado una cultura de muerte, negando el respeto a la vida desde la concepción y tratando de usar eufemismos para contrarrestar las críticas morales y jurídicas. Por ejemplo, establecer como fin la competitividad científica de los EE.UU. y colocando como un medio el estudio y eliminación de embriones, seres humanos, o bajo la excusa de una democracia que respeta la libertades. Cuando es cierto que la persona humana por su dignidad es fin en sí misma y no un medio para otros.

Con esta aprobación, la política como actividad es despojada de los derechos naturales inherentes a la persona, cohesionando a la comunidad para la obtención del bien común.

Al existir un Estado como servidor de la seguridad jurídica y la justicia para las personas en sociedad, no se ve por qué se niega la importancia de la moral y la religión, pues ambas promueven la justicia como una virtud moral cardinal, teniendo una validez para el ordenamiento jurídico; o sea, obliga moralmente a respetar los derechos. Por ello, el embrión humano es titular de derechos gozando de protección por su existencia como persona en sociedad.

Obama fue reelegido y algunas ciudades de su Nación han aprobado el “matrimonio homosexual” y el consumo de marihuana, sin ningún tipo de crítica moral o religiosa a la que apela el mister president en sus discursos. ¿Será que contribuye al racionalismo económico y capitalista que subordina a la política?

Con lo expresado, dejamos constancia que la política y la religión están fundamentadas en el bienestar y realización de la persona humana como núcleo de toda comunidad espiritual y política.  La postura laicista,  adoptada por el presidente norteamericano, desencadena una renuncia a una moral universal que guiada a la luz de la fe fomenta el respeto a la vida presente en cada etapa del desarrollo humano. Vida humana que toda persona, en especial el católico, debe defender.