martes, 5 de julio de 2016

Crisis y política



Por: José Bellido Nina


La crisis y su origen

En la actualidad podemos apreciar una crisis en la moral y la religión cristiana que menoscaba la identidad y responsabilidad del católico en el espacio público, y la legitimidad de sus argumentos en un escenario plural y democrático: el relativismo gnoseológico y moral, y el laicismo político, cuyo origen es “el eclipse del sentido de Dios y del hombre, característico del contexto social y cultural dominado por el secularismo, (…) perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida”[1]. Esta crisis, creemos, embulle y aleja al católico del reconocimiento y defensa pública del orden natural vinculado a la vida, el matrimonio y la familia, querido por Dios, y de las acciones impostergables para que Cristo reine en el orden temporal, social y político.

Primera crisis: El relativismo gnoseológico y moral

En líneas generales, todo hombre por naturaleza anhela conocer la verdad, porque aprehende la naturaleza de las cosas y la naturaleza humana, debido a su capacidad de conocer la esencia de las cosas y del hombre, permitiéndole diferenciarlos por su individualidad y trascendencia.

En este horizonte, la persona humana orienta sus acciones a su ser (deber ser); es decir, adecuada a su naturaleza donde conoce, por rectitud de la razón natural, finalidades propiamente humanas. Así, nuestras acciones son buenas o malas conforme o no a las finalidades naturales y los principios de la Ley Natural. Por ejemplo, un precepto de esta ética universal es la conservación del ser, sea en el cuidado básico de la alimentación o la defensa de la vida (derecho a la vida) ante un peligro inminente (legítima defensa), pues anhelamos vivir y seguir viviendo. También es un fin natural el matrimonio (derecho al matrimonio) en la distinción y complementariedad del varón y la mujer, haciendo posible la continuidad de la especie humana y de futuros ciudadanos. Contrario a estas finalidades es la privación del otro al bien de la vida o las uniones heterosexuales.

Suprimir esta dimensión teleológica significa someter a la persona humana a un relativismo gnoseológico y moral, cuyo subjetivismo se vale de la política o el aparato estatal para una “reingeniería social”: aborto, ideología de género, “matrimonio” homosexual, derechos sexuales y reproductivos, eugenesia o eutanasia, contrarios al bien común.

Segunda crisis: el laicismo político 
                                  
La relación entre la política y la religión dio frutos prodigiosos al mundo, y la doctrina católica no avala su separación, porque la Historia atestigua que en la civilización cristiana se tutela el bien común, síntesis inmanente (mutua ayuda entre los hombres) y trascendente (vivencia de la fe cristiana en comunidad para la salvación); es decir, la alianza entre el Trono y el Altar.

En Occidente, el fundamento que evidencia una sana relación entre la religión y la política está en las palabras de Nuestro Señor Jesucristo ante la pregunta sobre a quién tributar: “lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios”[2]. Estas palabras fueron base para la concepción teológica social del Corpus Mysticum, vinculado a la vida virtuosa en la fe y la salvación de las almas, y aunado a la concepción organicista comunitaria del mundo clásico greco-romano, otorgando base a la Cristiandad o la armonía entre la auctoritas sagrada de los pontífices y la regalis potestas de los príncipes, en las que Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.

El orden cristiano fue herido por tesis revolucionarias cargadas del orgullo que lleva al odio o negación del orden metafísico y religioso, propio del liberalismo; y la sensualidad, cuya rebeldía aboga por el igualitarismo contra toda ley divina, humana, eclesiástica o civil[3]. Es menester, por citar algunos, referirnos a Guillermo de Ockham y su nominalismo, la separación de la política y la religión en Marsilio de Padua y su Defensor Pacis, el pesimismo antropológico de Martín Lutero y su teoría de los dos reinos, el “iluminismo” de los enciclopedistas, o renacentistas y contractualistas como Maquiavelo, Hobbes, Rousseau o Locke, o a John Stuart Mill o Adam Smith en el confiado utilitarismo y el “sano” egoísmo, o el determinismo histórico e igualitarista de Marx, que configuraron el culto al hombre por las sendas del racionalismo y la autonomía de la voluntad, cuyas consecuencias generaron los totalitarismos del s. XX.

El laicismo político en nuestras días no hace más que seguir negando el ejercicio de la religión en el espacio público democrático y plural como derecho y deber de toda persona, y separa al Estado de la Iglesia; además, obliga a reducir la fe a la conciencia privada o, peor aún, es irrelevante en el debate público que motiva una decisión jurídica o política (ejecutiva, legislativa o judicial). De este modo, esta ideología proclama un escenario político neutral de toda religión o sin superstición; es decir, niega el dogma del Reinado Social de Cristo.

Una breve respuesta ante la crisis

¿Qué merito tiene un católico si no defiende la Verdad? Para nosotros ir contra corriente en un mundo laicista y secularizado es un imperativo impostergable, porque proclama incesantemente una vida Deus non daretur, como si Dios no existiera, y exige expulsarlo de la vida, del matrimonio, de la familia, de los colegios y demás organismos e instituciones.

Servir a la Verdad y defenderla es el comienzo para restaurar todas las cosas en Cristo (instaurare omnia in Cristo, expresa San Pío X). Fidelidad que descansa en las Cartas Encíclicas Immortale Dei del papa León XIII y Quas primas del papa Pío XI, que nos ayudan en la defensa de nuestro bien (la vida) y de las instituciones fundamentales (el matrimonio, la familia o el culto público) como valores[4] y principios[5] no negociables en el orden temporal, social y político, pues frente al agnosticismo y el relativismo escéptico “hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”[6].


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[1] San Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium vitae, 21
[2] Mt. 22, 21; Mc. 12, 17; Lc. 20,25.
[3] Plinio Corrêa, Revolución y Contra-Revolución, Asociación Tradición y Acción por un Perú Mayor, Lima 2005, p. 31.
[4] El Papa Benedicto XVI, siguiendo a San Juan Pablo II, sustenta como valores fundamentales no negociables: “el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas”. Ver: Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum caritatis, 83.
[5] El Cardenal Joseph Ratzinger en su condición de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se refiere a los principios éticos no negociables de la vida, el matrimonio, la familia, la educación de los hijos, entre otros, en la Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 3.
[6] San Juan Pablo II, Carta Encíclica Centesimus annus, 46.

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