domingo, 20 de diciembre de 2015

La familia ante el progreso de las naciones



Por: José Bellido Nina


La doctrina social de la Iglesia reconoce a la familia «[…] como la primera sociedad natural, titular de derechos propios y originarios, y la sitúa en el centro de la vida social […]» (Pontificio Consejo Justicia y Paz, 2005). La familia, que es fruto de la unidad matrimonial y cuyas finalidades son la procreación y educación de los hijos, y la ayuda mutua (Pío XII, 1930), animada por el amor conyugal, tiene una misión impostergable e irremplazable: la continuidad de la especie humana. Por esta comunidad de personas es que la familia «[…] se convierte en la primera e insustituible escuela de socialidad, ejemplo y estímulo para las relaciones comunitarias más amplias en un clima de respeto, justicia, diálogo y amor». En esta unidad, los hijos (futuros ciudadanos) aprehenden los principios, costumbres, virtudes o valores que animan su identidad, pertenencia y responsabilidad con su espacio social y cultural, realizándose y desarrollando sus capacidades anímicas y corporales.

Así, concebimos a la familia como el núcleo doméstico y primigenio de formación en virtudes morales y teologales. Consideramos en ella una dimensión ética y espiritual básica para la identidad y el mundo simbólico civilizado mediante la palabra y la acción. Luego, en este escenario cultural, podemos entrever una dimensión material que sostiene al progreso, valiéndose de herramientas científicas y tecnológicas que concretarán los ideales comunitarios. Esta identidad edifica la patria, comunidad de tradiciones e ideales, y la voluntad común de una Nación que las recuerda para realizarlas o superarlas en el futuro (Belaúnde, 1965). La familia y Nación responden a la dimensión comunitaria del ser humano; es decir, al hombre como ser relacional y no aislado.

Por otro lado, creemos que el progreso responde «[…] al modelo cultural que privilegia el bienestar material de la sociedad por medio del dominio y la explotación racional de la naturaleza, esto es, la civilización moderna» (Estenós, 2008). La Modernidad inventó, confiada en la razón y la autonomía de la voluntad, un proceso de secularización (o descristianización), erigiendo una sociedad animada por las relaciones económicas que procuran un bien-estar inmediato o útil para el hombre. Si bien estas ideas buscaban cierta unidad basada en lo económico, pronto serían superadas (o abandonadas) en la posmodernidad o mediante «[…] fenómenos con un evidente trasfondo relativista y subjetivista, que prescinde del fundamento metafísico para la vida humana en general, y del cual a la desesperación y el sinsentido solo hay un paso […]» (Garzón, 2004). Precisamente, en la posmodernidad no existe fundamento, sino “bienes” y “verdades” cuantas personas existan. Siguiendo esta perspectiva, la dimensión ética y espiritual no existe más que como alegoría a un pasado mítico.

Ahora, advertimos dos hechos del progreso que atentan contra la unidad familiar y nacional. Primero, el progreso tecnológico para la proliferación de las imágenes y el entretenimiento. Aquí podemos encontrar las tecnologías que privilegian la imagen y menoscaban la palabra (escrita o hablada) que edifica el mundo simbólico de una Nación; es decir, «[…] la palabra es un “símbolo” que se resuelve en lo que significa, en lo que nos hace entender (…). Por el contrario, la imagen es pura y simple representación visual. La imagen se ve y es suficiente […]» (Sartori, 2012). Este mal provoca incultura en la familia, principalmente en el niño, porque solo verá, pero no entenderá. Se pierde el sentido de la vida (propia y comunitaria) que parte de las costumbres, tradiciones e ideales que forman la dimensión ética y espiritual de una Nación. Por tanto, si no hay sentido en las cosas, no vale la pena defenderlas, ni realizarlas. La patria y la Nación se convierten en conceptos vacíos, donde solo importa la satisfacción emocional (sensible) y la acumulación material para su logro. No nos extraña por qué la excesiva dependencia del televisor y los smartphones, que priva de un espacio relacional o comunicacional en la familia.  Además, olvidamos la cultura como cultivo de la mente en la virtud cívica para una responsabilidad también cívica o una educación basada en las letras, mediante el estudios de las ciencias y las artes liberales, que son bienes para alma y el cuerpo (Strauss, 2007).

Un segundo hecho, es el progreso tecnológico para el control biológico del ser humano. Con esto nos referimos a la visión que considera a la persona humana como “objeto” de laboratorio; es decir, niega los fines naturales intrínsecos a su naturaleza humana (dignidad) y sus derechos (p.e. la vida y el matrimonio); por el contrario, «[s]olo aparece, en cambio la misma vida como objeto de reflexión moral, en el momento en que se sabe con certeza que el ser humano dispone de los medios técnicos suficientes para actuar sobre ella sin atender a su finalidad intrínseca, como algo dado e inmodificable, sino pudiéndole imponer otros fines determinados arbitrariamente por la voluntad humana […]» (Morandé, 1999). Esto es evidente por sus consecuencias, como el atentando contra su vida (el aborto y el uso de anticonceptivos), su herencia genética (eugenesia), su identidad psico-somática (mutilaciones, mal llamadas “cambio de sexo”), o la eutanasia (privación del derecho y deber a la asistencia médica). Estas acciones niegan la continuidad de la vida y la identidad cultural, imprescindibles para una Nación, pues la continuidad de una cultura necesita de una renovación constante de sus miembros o una responsabilidad intergeneracional que actualice la cultura. Basta indagar como en Europa la tasa de natalidad se redujo y la de mortandad se elevó, motivando migraciones masivas de otras culturas (causas laborales o supervivencia) y poniendo la suya en riesgo ("Allahu Akbar"). Este hecho motiva un debate público sobre la bioética y la biojurídica que reconozca el fundamento antropológico del Derecho.

Con lo escrito queremos hacer énfasis en que la dimensión ética y espiritual, base de toda cultura o Nación, guía y juzga el progreso y sus instrumentos tecnológicos (dimensión material), sin perder de vista que la persona humana es sujeto de derechos y deberes en su comunidad. Es menester, entonces, que no exista una posición ajena sobre el progreso, sino un análisis y crítica constante de cara a la verdad y nuestro bien; es decir, el progreso material que parte desde una perspectiva individual actual hacia un estado de bienestar caracterizado por el placer, el tener o el poder absolutizado, sea objeto de una crítica constante que lo contraponga con una visión conjunta de desarrollo integral, que acoge el sentido de comunidad, sin abandonar la dimensión ética y espiritual necesarias para la familia y la Nación.

En este  horizonte, la encíclica Populorum Progressio (Pablo VI, 1967), advierte sobre las necesidades de las personas, las familias y las naciones, y realiza un llamamiento «[…] para una acción concreta en favor del desarrollo integral del hombre y del desarrollo solidario de la humanidad», que busque un nuevo humanismo para pasar de condiciones menos humanas a condiciones más humanas. «Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario […], la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. […] Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad de la caridad de Cristo […]». Además, Sollicitudo Rei Socialis (Juan Pablo II, 1987) expresa que «[…] el desarrollo debe realizarse en el marco de la solidaridad y de la libertad, sin sacrificar nunca la una a la otra bajo ningún pretexto. El carácter moral del desarrollo y la necesidad de promoverlo son exaltados cuando se respetan rigurosamente todas las exigencias derivadas del orden de la verdad y del bien propio de la creatura humana. […] En otras palabras, el verdadero desarrollo debe fundarse en el amor a Dios y al prójimo, y favorecer las relaciones entre los individuos y las sociedades», renunciando a ser esclavos de una civilización del consumo y exigiendo que el orden interno de una Nación respete la vida y la familia. Algo ya recalcado en Evangelium Vitae (Juan Pablo II, 1995), que defiende un igual derecho a la vida de los seres humanos. «Esta igualdad es la base de toda auténtica relación social que, para ser verdadera, debe fundamentarse sobre la verdad y la justicia, reconociendo y tutelando a cada hombre y a cada mujer como persona y no como una cosa de la que se puede disponer».

Apreciamos que los Pontífices destacan la verdad y el bien del hombre, desde su existencia, poniendo énfasis en lo moral y lo espiritual necesarios para toda familia y Nación que se conduzcan en las sendas del progreso hacia un desarrollo integral y pleno del propio hombre en la cultura.

Los católicos no debemos abandonar estas enseñanzas, sino profundizar en ellas; reconociendo y defendiendo una civilización cristiana.


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Belaúnde, V. (1965). Peruanidad. Lima: Studium.

Estenós, A. (2008). Identidad, cultura y desarrollo en América Latina. Arequipa: Universidad Católica San Pablo.

Garzón, I. (2004). La necesidad de una nueva fundamentación del derecho. Persona y Cultura.3, pp. 10-34.

Juan Pablo II (1987). Sollicitudo Rei Socialis. Recuperado el 05 de octubre de 2015 de http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_30121987_sollicitudo-rei-socialis.html

Juan Pablo II (1995). Evangelium Vitae. Recuperado el 06 de octubre de 2015 de http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html

Morandé, P. (1999). Vida y persona en la posmodernidad. En Scola, A. ¿Qué es la vida? La bioética al debate. Arequipa: Universidad Católica San Pablo.

Pablo VI (1967), Populorum Progressio. Recuperado el 05 de octubre de 2015 de http://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/encyclicals/documents/hf_p-vi_enc_26031967_populorum.html

Pío XII (1930). Casti Connubii. Recuperado el 16 de setiembre de 2015 de http://w2.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_31121930_casti-connubii.html

Pontificio Consejo Justicia y Paz (2005). Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Arequipa: Paulinas.

Sartori, G. (2012). Homo videns. La sociedad teledirigida. México: Taurus.

Strauss, L. (2007). Liberalismo antiguo y moderno. Madrid: Katz.

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