sábado, 2 de febrero de 2013

Bitácora de las Islas




Por: José Bellido Nina


El poemario del amigo César Belan describe a un viajante en su recorrido por tres islotes y su posterior naufragio. Salta a la vista la evocación de las distintas tradiciones y sus relaciones culturales; sin embargo, debe reconocerse que el viajante no sólo necesita atender los menesteres físicos, a veces burdas pasiones, también busca ese “algo” que anhela su espíritu. “Pobre el viajante que recorre los desiertos en busca / de desiertos y sólo encuentra calles avenidas”. También anhela recuperar. La búsqueda de la soledad, camino a la introspección atendiendo a sus cuestiones fundamentales que sólo la conciencia ayuda. Una voz de la Providencia. Que venga del cielo y trascienda en la tierra.

La esfera religiosa es perenne en el texto, en cada Islote. Esas porciones de tierra que olvidaron el viejo nomos que divide y limita la una unidad política hacia la trascendencia, sin reducciones por el aquí y ahora. Evitar el mal. Por otro lado, este viajante bombardeado por distintas culturas y personajes disímiles entre sí, busca un sentido a su vida, ese telos desconocido. Sugerente que esas tradiciones y culturas no satisfagan al errante; por el contrario, alimentan un repudio. De pronto se comparte esas ansías de rescatar una tradición intelectual universal.

Las líneas que se refieren a los distantes islotes, me recuerdan de inmediato a reflexión filosófica y ética de Alasdair MacIntyre en Tras la Virtud[1]. Estamos en una “post catástrofe”, metáfora apocalíptica designada a una “hipótesis inquietante”, pues una catástrofe universal acabó con el mundo civilizado; sin embargo, los supervivientes encuentran fragmentos de esa cultura extinta, creyendo que la parte es el todo y edifican, ciencia y técnica, pero distinto a quienes encontraron también fragmentos. La historia de la filosofaría occidental pasó por tres momentos. El primero, el orden, por las virtudes del pensamientos antiguo griego; segundo, la catástrofe iluminista; y tercero, la cultura emotivista. Este emotivismo, presente aún, reduce la moral a opciones de la voluntad humana, sin justificación racional. Los juicios de valor y moral son expresiones de sentimientos, netamente subjetivas o individualistas; sin embargo, para el profesor escocés, hay que reivindicar el sistema tradicional aristotélico fundamentado en el conocimiento de la naturaleza humana, las reglas morales que permiten la realización de aquélla, su finalidad. Una apertura a la vida buena en la práctica de las virtudes, sobretodo de la justicia presente en las relaciones de hombres. Más aún, cuando esta vida buena necesita de la Revelación para la felicidad. La Ley Natural de Santo Tomás de Aquino ayuda en ese camino. La teología católica ayuda a los practicantes en su vida política, en búsqueda de un bien común fundado en la realización de su naturaleza universal.

La tradición de las virtudes o aristotélico-tomista, nos brinda una solución a los malestares ocasionados por el emotivismo, evidenciándose el liberalismo que inquieta todo, desconoce órdenes, auctoritas, potestas, el deber sobre el derecho, etc., transformando la suma de voluntades en un ambiguo bien común. La verdad buscada por la razón y el bien apetecible por la voluntad como dinamismos universales propios de la condición humana no son universales para el liberalismo. Auténtico episteme. Todo se somete al diálogo, al mundo de la doxa, consenso susceptible de cambio. Como ese marxismo que destruye todo orden, concepción metafísica y distinciones. “El presidente Gonzalo es el producto excelso / de 15 mil millones de años de materia en movimiento”. Esa cultura de masas condensada (light). “En la catedralicia misa se proyecta, más / que celebrar el rito; desde las butacas todos esperan que / HUMPHREY BOGART se acerque al atril”.

Encontrar a Mr. Eliot en las líneas no es un asunto casual. También T. S. Eliot visionaba una cultura en decadencia. Nótese que, el Nobel arequipeño toma referencia de él[2], pues la cultura se trasmite en la familia e Iglesia. Entendiendo la cultura como es un estilo de vida. Considerando la religión, “mientras dura, y en su propio campo, da un sentido aparente a la vida, proporciona el marco para la cultura y protege  la masa de la humanidad del aburrimiento y la desesperación”.

El cristianismo proclama la glorificación de Dios y la santificación del corazón humano. Una relación de razón y fe o filosofía y teología. Lo que no está presente en los islotes, generando incertidumbre en el viajante.

“Sediento y avergonzado, esperando a quienes que vendrá a / impartir Su reino por el fuego – y de una vez por todas-, el / Viajante, permanece en la orilla de la mar esperando ese, su propio bautizo, que es Muerte por Agua”.

La ausencia de orden en cada islote es evidente. Ese orden temporal y espiritual que alguna vez en nuestra historia fue próspero, pero banalizado y olvidado por la Ilustración. Es, entonces, importante rescatar el sentido de la vida. Una vuelta a la homogeneidad, que identifique a un amigo y un enemigo.

Ese viejo nomos debe ser reivindicado, como la Respublica Christiana. Siguiendo a Carl Schmitt[3]: “Nomos, en cambio, procede de nemein, una palabra que significa tanto ´dividir´ como también ´apacentar´ (…). Nomos es la medida que distribuye y divide el suelo del mundo en una ordenación determinado, y, en virtud de ello, representa la forma de la ordenación política, social y religiosa”. La unidad fundamental de ordenación y asentamiento. Una ordenación de la unidad de la Respublica Christiana mediante el Imperio y el sacerdocio. “Lo fundamental de este imperio cristiano es el hecho de que no sea un imperio eterno, sino que tenga en cuenta su propio fin y el fin de eón presente, y a pesar de ello sea capaza de poseer fuerza histórica. El concepto decisivo de su continuidad, de gran poder histórico, es el del Kat-echon. Imperio significa en este contexto la fuerza histórica que es capaz de detener la aparición del anticristo y el fin del eón presente, una fuerza qui tenet, según las palabras de San Pablo Apóstol en la segunda Carta de los Tesalonicenses, capítulo 2”.

La desobediencia de Adán y Eva y la epístola de San Pablo muestran la “mancha” del pecado en la naturaleza humana. Una debilidad que se supera únicamente por la fe en la Revelación. Es la presencia del Kat-echón (“sello”, “que retarda” o “retrasa”) que impide la manifestación del Anticristo, pues sumiría a la humanidad en el mal (anomia). Importante es este sello en las formas de organización política, en su soberanía y la decisión del soberano ante la amenaza o riesgo a la supervivencia del Estado o la creación. Un combate a un estado de excepción. “La pérdida de la fe del hombre hacia Dios abre la indiferencia hacia la metafísica y la pérdida de la seriedad de la vida, que se convierte entonces en pensamiento individualista, esto es, en ideología liberal”[4]. El olvido de estos conceptos generó la disolución de esta ordenación medieval. De la teología política caracterizada por la lucha del bien y el mal, pero que tiene un fin en la segunda venida de Jesucristo.

“Son días buenos para la reacción / estos días, /donde se teoriza de / la lucha de las plumas / por librarse de las alas / y así cosechar los frutos de su más libre vuelo”. El viajante no encuentra ningún sentido a los islotes, no responden a los anhelos de su espíritu, no existe espacio para el diálogo ni encuentro con el Divino. “Adiós, / buen Eumeo, / ya llegarán los días / del Cuarto lado del Triángulo / - Oráculo del Señor - /en que ÉL establecerá una Nueva Alianza”.

En el naufragio queda patente la pérdida de encontrar el desierto como último refugio, pues los islotes están sumidos en la catástrofe. 

Por lo expresado, no veo una interpretación de diálogo fecundo entre tradiciones y culturas, sino la necesidad de reivindicar una tradición que creo está en el pensamiento de César Belan, ésa es la tradición teológica política. 


BELAN, César, Bitácora de las Islas, Fuga, Santiago 2012.




[1] FERNÁNDEZ-LLEBREZ, Fernando, Una lectura interpretativa de Tras la virtud de Alasdair MacIntyre, en “Foro Interno, n° 10, Madrid 2010, pp. 29-49.
[2] VARGAS LLOSA, Mario, “La civilización del espectáculo”, Alfaguara, Lima 2012, pp. 14-17.
[3] SCHMITT, Carl, “El nomos de la Tierra en el Derecho de Gentes del Ius Publicum Europaeum”, Comares, Granada 2002, pp. 19-46.
[4] HERNANDO NIETO, Eduarco, ¿Teología Política o Filosofía Política?: La amistosa conversación entre Carl Schmitt y Leo Strauss, en “Foro Interno, n° 2, Madrid 2002, pp. 97-114.

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