domingo, 14 de octubre de 2012

Contra la tauromaquia (Parte I)



Por: José Bellido Nina


Nunca he apreciado la tauromaquia como un espectáculo cultural; por el contrario, lo considero como un hecho anti-cultural que exacerba lo insensible e irrazonable que puede ser una persona ante el sufrimiento y desangrado de un animal "preparado" para ser objeto de muerte y mutilación por un torero que se encarga de prolongar su agonía para ser considerado, luego de introducirle estoques, banderillas, puntilla, pica, rejón, lanza, yáculo, etc., el artista de espectáculo. Me resulta, entonces, estúpido defender un evento como éste. 

La cultura, entendida como el cultivo del hombre, un quehacer intelectual y práctico, se orienta siempre a que los actos fundados en su libertad sean humanos. Y no hay más humanidad en el ser humano que su dignidad fundada en su naturaleza humana; es decir, la persona humana se desarrolla y realiza orientada a los actos buenos y justos.

No hay duda que el respeto a los animales tiene su fundamento en la ética, pues la verdad conocida y apetecida por la voluntad es siempre el bien. Sólo el bien con los demás y especialmente lo creado, tutela del medio ambiente, la biosfera y la biodiversidad, conduce a la felicidad. El conocimiento de la verdad es un precepto ético fundado en la naturaleza humana, por la cual una persona siempre está en constante instrucción en búsqueda de la verdad. Las personas y objetos que lo rodean influyen en distintas esferas de su vida, colaboran con su formación y realización, a saber qué es bueno y qué es malo.

Es sabido, entonces, que todo ser orgánico es sensible física y emocionalmente. Cualquier acción que atente contra esa integridad tiene como efecto irremediable un aflicción que se manifiesta externamente (lesiones o estado de ánimo). Este mismo hecho puede reiterarse en identidad o similitud, obteniendo una respuesta de conservación del ser  amenazado o vulnerado, el mismo que actúa huyendo o enfrentando el hecho que pone en peligro la vida.

Lo irrazonable e insensible de la tauromaquia es que, quien lo comete es un ser humano a sabiendas que el acto lesivo es contrario a su dignidad que le exige obrar bien; es decir, el acto lesivo vulnera la integridad de un ser viviente, el toro, infringiendo dolor constantemente con el único objeto de demostrar su "habilidad" en prolongar su sufrimiento, matarlo, mutilarlo y ser "orgullosamente" ovacionado por quienes disfrutaron el acontecer sangriento.

Siendo sensato no se qué de artístico y cultural puede tener que el torero haga sangrar al toro, hasta el extremo de que este siga corriendo de un lado a otro emanando sangre por el hocico con órganos perforados que hace dificultoso su respirar para que al final lo atraviese con una espada y al no morir lo vuelva atravesar, cortando la cola, las orejas u otra parte de su cuerpo y llevarlos en brazos alzados ante el público que lo aplaude en signo de estúpida inhumanidad.

Este relativismo cultural que coloca al toro en un estado de indefensión, objeto de acto cruel que maquillan como "arte y cultura", porque cierto país europeo lo difundió en las que fueron sus colonias como un elemento de su civilización, resulta a todas luces inhumano. Lo humano siempre enaltece el espíritu, el actuar virtuoso, la instrucción, el compartir, jugar, reír  amar, querer, disfrutar, etc., siempre con un respeto intrínseco en el acto, sobre todo para los seres sensibles desprotegidos o incapaces de expresarse. Esto es propio de un ser razonable y sensible. La conducta moral no se agota en relación con el otro, entendiéndolo únicamente como persona, sino en los seres orgánicos, como el toro, que merecen una consideración como parte de mi mismidad.

El sí mismo personal hace referencia a que una persona sea una realidad individual o personal, distinta a otro o cosa, lo que sea único e irrepetible. Nadie hace lo que yo hago, porque soy insustituible. Yo soy yo. El sí mismo integral no puede enajenarse de lo que no sea el cuerpo humano, sino que involucra otras realidades, mi psicología, mi estructura orgánica, mis habilidades, mi personalidad, etc. También incluye mis circunstancias, el ambiente cultural y natural. La sociedad y la biodiversidad son elementos constitutivos e interactuantes de mi yo, contribuyendo a lo que sé y deseo saber, en lo que soy y quiere ser. El toro al ser un animal es parte de esa biodiversidad en un ambiente natural del que encuentro elementos para mi existencia virtuosa. Esta realidad merece respeto y cuidado.

Por ésto, la tauromaquia atenta contra la mismidad, no es una conducta buena o justa, porque la maldad debe ser desterrada. Por tanto, no tiene asidero en ningún precepto ético, jurídico o político.

No se es feliz apreciando y celebrando el sufrimiento. La maldad no puede ser inspiración para ninguna expresión artística, poética o literaria. Lo contrario es el resultado de un sesgo ideológico, insensible e irrazonable.


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