miércoles, 20 de noviembre de 2013

¿Y el ciudadano republicano?



Por: José Bellido Nina


El hombre ha convivido y coexistido con sus semejantes, porque es un ser social y político por naturaleza; sin embargo, la concepción de la tradición greco-romana y la Modernidad aportaron reflexiones teóricos que, llevadas a la práctica, caracterizaron a la cultura de Occidente como un modelo de vida mundial generadora de paz (o esto se sigue creyendo aún). Aunque, el comienzo auguraba un buen devenir, la irrupción de la Revolución traería consecuencias inocuas.

La democracia (o politeia) de la polis griega aporta las virtudes morales y la participación política. Aristóteles exaltaba virtudes como la prudencia, justicia, amistad, confianza, solidaridad o el valor, importantes en la política, pues la virtud es un hábito del alma que se exterioriza en la elección individual del bien entre vicios extremos (defecto o exceso). La participación o deliberación sobre los asuntos públicos requiere que los ciudadanos tomen decisiones democráticas amparadas en la prudencia política o rectitud de la razón al elegir los medios más adecuados para alcanzar el bien de la comunidad. La connaturalidad del hombre y la ciudad se ejerce en las magistraturas, los tribunales y, especialmente, en la asamblea. Hombres libres e iguales, obligados por naturaleza, la convención y la ley.

La res publica de la civitas romana tenía un reconocimiento débil de su soberanía popular. La organización del poder estaba en el Consulado, el Senado y el Tribunado de la Plebe, rigiendo los asuntos públicos. La ciudadanía republicana era pasiva. La capacidad jurídica y política del ciudadano estaba sujeta a un status que procedía de la familia, la libertad y lo civil; incluso por su expansión, la otorgaba a peregrinos o extranjeros. Conferidos de títulos celebran contratos o asumen derechos matrimoniales o testamentarios, en cumplimiento de la ley. Cicerón consideró que, este régimen republicano incluye la virtud cívica; es decir, el amor a la patria y la constitución, que tenían sus bases en virtudes morales cardinales: la prudencia, justicia, fortaleza y templanza. La moral constituía hombres educados y, por tanto, buenos ciudadanos.

En la Modernidad, el concepto de sociedad civil asume el interés del individuo en el Mercado, toda vez que se refiere a las relaciones socio-económicas para el trabajo y el mercado (Hegel). Ilustrado por las teorías contractualistas o liberales, modela al individuo en un estado de naturaleza conflictivo (Hobbes y Kant) o bondadoso (Rousseau) que por el miedo y la muerte, busca protección a la vida, familia, libertad o propiedad, pasando a un estado social o civil mediante un contrato que limita su libertad por la protección del Estado que garantiza la convivencia en el orden y paz interno, y seguridad externa.

La libertad individual o la autonomía de la voluntad se traducen en la razón, desmitificada de cualquier noción de bien moral o religioso concebido en la metafísica o Revelación que en la Cristiandad confrontaba la ciencia, competencia y usura, con los beneficios sociales y espirituales, hacia un orden justo.

El hombre moderno busca utilidad en sus intereses materiales para el placer, rechazando el dolor (Bentham y Mill). Así, busca el bien-estar material en la explotación de los recursos, valiéndose de medios para permanecer en el poder (Maquiavelo), ejerciendo el cálculo y control, eficiente y eficaz. Una razón instrumental.

El Estado es neutral ante estos “proyectos”, aceptando diferentes modos de vida, escéptico ante un concepto absoluto de verdad y bien (relativismo), sin existir otro fundamento de la convivencia humana que la voluntad en el consenso (nihilismo). Estas ideas intentan la unidad de los hombres, pero en la realidad operan como fuerzas centrífugas y desesperantes.

Por otro lado, se apoya una intervención del aparato político ante el sesgo racionalista que originó al capitalismo, la Revolución Industrial, la migración masiva, la interculturalidad, como las insanas condiciones laborales y salariales. Se formuló un Estado contralor de la economía, mejorando la relación empleador-trabajador (Keynes); sin embargo, la lucha de clases donde el proletariado asume el poder contra la burguesía (Marx), encontrará su radicalización en la violencia del comunismo, extendido en Occidente y Oriente; la superioridad de la raza y exaltación cultural motivaron la xenofobia y el chauvinismo del nazismo y fascismo, como la atención a una catástrofe nuclear en la Guerra Fría.

Estas escuetas líneas plasman polos extremos de la modernidad y la pérdida del bien humano, sucediendo a los totalitarismos, la negación de la vida, libertad e igualdad, intrínsecas a la dignidad humana.

En la actualidad, el Mercado encarna una clase empresarial con mayores beneficios pecuniarios, edificando monopolios u oligopolios, centros laborales y remunerativas precarias, productos ajenos a las exigencias de salubridad, el desplazamiento social y ecológico por la inversión privada, el afán al trabajo, el aliento del consumismo, la espontaneidad de la moda, el emotivismo del espectáculo y la diversión, la sedentarización de las tecnologías de la información y comunicación, la difusión de la felicidad material, el facilismo visual, la crisis del matrimonio y la familia; siendo también algunas causas de la privatización de la vida que genera el desinterés por la política.

El Estado y el poder gubernamental se encuentran atrapados por una clase política que abraza con celo la burocracia y la corrupción, corroen la democracia con el caudillismo o patronazgo, redes de clientilaje, la malversación o desvío de recursos públicos, el fomento del soborno en las contrataciones en obras o servicios públicos por servidores públicos y contratistas, la perversión de la justicia en las instituciones policiales, fiscalizadoras y judiciales en protección de los bienes públicos, la intimidación social por la arbitrariedad y opiniones viscerales, que generan un gran costo irreversible en el desarrollo y la justicia social.

Bajo estas consideraciones, es urgente que la comunidad política revise su fundamento y oriente un espacio que convoque a los ciudadanos para la participación o deliberación política en búsqueda del bien común y un mejor régimen político.

En la actividad política se reconoce al otro como sujeto de la realización personal, familiar y social. Un espacio democrático donde la palabra y la acción tienen un protagonismo, forjando un destino común de mutuo respeto en la justicia. Esta comunicación renueva la solidaridad, reivindica la philía (amistad) y fides (confianza), edifica proyectos comunes y una responsabilidad intergeneracional.

La política no es exclusiva del Estado o grupo gubernamental, ni las relaciones interpersonales se pueden reducir al interés material que fomenta el Mercado, por el egoísmo y la competencia. El valor motiva a que el ciudadano disuada toda acción ilegal que brote del poder político y económico. Es un auténtico fiscalizador que exige transparencia en la administración pública y sus recursos. Dialoga sobre cómo debe gobernarse y quiénes deben hacerlo en representación. Este espíritu crítico revela a los ciudadanos libres de aquellos que no lo son y rompe la indiferencia a un orden jurídico y político.

La rehabilitación de una racionalidad política clásica (1) que busque la verdad y el bien, la defensa de un orden natural previo y normativo, el reconocimiento de la dignidad humana y la ley natural para el recto actuar, permiten que el debate público y la opinión pública trasciendan las apariencias hacia una mejor decisión.

Entonces, el ciudadano republicano posee la virtud y la libertad, promueve la prudencia, igualdad, honestidad, patriotismo, solidaridad, simplicidad, justicia, etc. Rechaza los vicios de la conducta, como el cinismo, egoísmo, orgullo, la ambición, ostentación, cobardía, corrupción, entre otras.

Ser virtuoso es condición para ser libre y la política lo amerita.

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(1) Para una revisión de la racionalidad política clásica ver: GARZÓN, Iván. (2009). Leo Strauss y la recuperación de la racionalidad política clásica. Dikaion, 18, 297-314.


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